jueves, 22 de septiembre de 2011

LAS SOMBRILLAS DE LA PLAYA

En los días del presente y caluroso verano, que ya declina, paseo por la playa a la orilla del mar, alejándome paso a paso y casi sin notarlo del lugar donde me encuentro aposentado. Tras diez o quince minutos de marcha doy media vuelta e inicio el regreso tratando de localizar la sombrilla bajo la cual se cobija parte de mi numerosa parentela, resultando determinante los colores del parasol que me permiten identificarlo aun desde lejos. Cientos de ellos cubren casi por completo la arena formando un inmenso toldo policromado con los más variados estampados y marcas de publicidad. Pero yo sólo busco aquellos colores que me son tan familiares y queridos, y cuando al fin logro divisarlos no puedo reprimir un suspiro de alivio al tiempo que me digo interiormente: ¡ Allí están los míos ! Y, en efecto, allí están todos, o en sus proximidades, junto con mis escasas pertenencias, y no se ha registrado novedad alguna durante mi breve ausencia.
Como ya habrá advertido el avisado lector, la casi pueril reflexión arriba descrita guarda estrecha relación con los colores de la bandera de cada uno de los países del universo. Cada uno tiene la suya, diferente a todas las demás, y sus ciudadanos la distinguen a distancia, ya sea en la popa de los buques o en los mástiles de las embajadas y legaciones. Y resulta imposible impedir que el corazón se acelere cuando advertimos su presencia lejos del solar patrio, conocedores de que las personas que allí se encuentran hablan nuestro idioma, tenemos un pasado común y glorioso, y nos mueven los mismos ideales.
Navegando por el Atlántico Sur, hasta allí llegan un día, a las siete en punto de la mañana, las notas de la sintonía de alguna emisora que transmitía desde Santa Cruz de Tenerife : era la música del pasodoble Islas Canarias en el que nunca hasta entonces había reparado. Pero aquella vez noto que un estremecimiento me conmueve, y un nudo en la garganta me impide articular palabra con los compañeros del turno de guardia, los que, sin duda afectados de idéntica emoción, permanecen mudos durante el tiempo que suena tan bella melodía.
Esa profunda sensación que producen en el alma la presencia de la propia bandera o la música del himno y de su folclore sólo la experimentan los que por motivos de trabajo, emigración, exilio, o destierro, se ven obligados a permanecer lejos del suelo materno. Y tanto más intensa será aquella cuanto mayor sea la distancia y el tiempo de la separación.
El quemar o ultrajar la bandera es ofender y despreciar los más nobles sentimientos de todos los que a su sombra se cobijan y de los que a lo largo de los siglos, con razón o sin ella, han muerto en su defensa. Tales actos execrables tan solo pueden ser perpetrados por sujetos de espíritu pueblerino que nunca se han alejado de la patria común, o si lo han hecho ha sido exclusivamente con fines ociosos o delictivos.
A los que despectivamente la califican de trapo hay que informarles que son los colores en su correcta disposición, y no la textura, lo que le da el carácter de símbolo.
No dejan de admirarme nuestros políticos que ufanos gustan dejarse fotografiar en sus despachos, al lado - siempre entre otras - de la Bandera nacional, seguramente de la más pura seda en tanto ha sido costeada por el contribuyente. Pero, antes la muerte que llevarla en la solapa, de modo similar a como ostentan con orgullo la suya respectiva los ciudadanos y mandatarios del resto del mundo, en especial los norteamericanos y franceses.
Ahora ya sentado bajo la sombrilla continuo con la reflexión, meditando sobre el porqué de la fobia a nuestra Bandera cuyos alegres colores, como el vino de Jerez y el vinillo de Rioja, la hacen destacar sobre todas las demás en la fachada de las sedes de las principales organizaciones del mundo. Sin querer no puedo dejar de considerar el recuerdo de aquel magnicidio de diciembre de 1973, el pseudogolpe de 1981, la desmembración de España en diecisiete autonomías, y el desmantelamiento del Ejército que logró hacer de ella una nación temida y honrada. Y, en efecto, la bandera roja y gualda es un sólido elemento de cohesión para todos los españoles cuya unidad constituye un verdadero obstáculo para los fines de una minoría supranacional que trata de subyugarnos mediante la corrupción moral y el terrorismo económico. Confirman mi tesis, la reiterada difusión de falsos rumores sobre la prima de riesgo; la contaminación de nuestras hortalizas con la bacteria e-Coli, con la consiguiente pérdida multimillonaria en cosechas y puestos de trabajo; y todo ello con el resultado final y apetecido del hundimiento de nuestra industria y comercio, reflejado día a día en la bolsa de valores que hoy continúa su desplome hacia la sima de la que nunca saldrá, porque así lo tienen planificado.
Y si a la Bandera se la oculta y camufla en fachadas y despachos oficiales en medio de otras tres o cuatro, no ha de escandalizarnos se proceda de manera similar con nuestro idioma oficial, el cuarto más hablado en el mundo, circunstancia que lo convierte en otro elemento peligroso y contrario a la disgregación que se persigue.
Capítulo aparte merece el factor religioso que juntamente con el territorio, la lengua, y la Historia constituyen la Nación, el soporte, la personificación del Estado: el cuerpo, y el espíritu. Los lazos espirituales han sido siempre infinitamente más fuertes que los derivados de la sangre, del suelo o de la raza. Nadie ignora cómo el estímulo religioso ha sido uno de los acicates más poderosos de nuestra reconquista; nos condujo hasta América a través de mares ignotos; y ha sido el elemento fundamental en la formación de nuestra nacionalidad. Ya va quedando claro que para doblegar a España y a los españoles es fundamental extirpar este sentimiento tan arraigado en la entraña nacional, bien por la fuerza -experiencia ya vivida, sangrienta y fallida- o más sibilinamente recurriendo a la corrupción moral de los jóvenes y niños, al tiempo que a golpe de decreto se va desterrando todo símbolo religioso de los colegios y lugares públicos y, por supuesto, en lógica coherencia, del Escudo nacional.
El águila de San Juan Evangelista, cobijando bajo sus alas el blasón integrado por todos los reinos que los Reyes Católicos consiguieron unir felizmente tras ocho siglos de lucha, conformando así el precioso e insuperable escudo con el que quisieron significar la sumisión del Estado a la doctrina de la Iglesia Católica inspiradora de su política y legislación, es un elemento insufrible para los que han diseñado la operación "delenda est España", a partir de su ruina moral y económica.
Pero, ¿ habrá algún remedio que nos libere de esta horrible pesadilla; de esta continua amenaza a seguir la suerte de Grecia; de nuevos y más rigurosos impuestos; de más medidas de austeridad solamente para el pueblo; y de esta espiral de delirio y locura? Haberlo sí lo hay, pero al margen de la clase política; y surtiría efecto de un día para otro, de la noche a la mañana. Consiste en conducirse como Dios manda, que no es otra cosa que cumplir Sus mandamientos. ¡Pero todos !, y en especial el sexto y el noveno. Ya lo sé; a mí tampoco me convence la fórmula: la carne es débil y el césped del vecino es el más verde. Pero más duro es el dar coces contra el aguijón.
A ver que les parecen estos versos : "Me agradan las queridas / tendidas en los lechos, / sin chales en los pechos / y flojo el cinturón, . . ." Pertenecen a una poesía atribuída a Espronceda, y titulada "La Desesperación". Creo sinceramente que en esta última palabra, que el diccionario define como la "pérdida total de la esperanza", es donde radican todos los males que padecemos. Y enseguida que la escribo, por asociación de ideas, la memoria me lleva a la inscripción grabada en el dintel de aquella fatídica puerta descrita por Dante : "Oh vosotros, los que entrais, perded toda esperanza ". Pues, precisamente, era aquí a donde yo no quería llegar, pero nuevos recuerdos golpean mi mente y me conminan a dejarlos por escrito : el camino del infierno es ya un infierno.
Me voy con mi bandera, la del águila de San Juan que, aunque esté mal visto decirlo, siempre llevaré en mi corazón en tanto soy español y católico, si bien tampoco hay que dramatizar porque la hayan retirado de la circulación. Tras el otoño caliente, que comienza mañana, seguirá el gélido invierno, y tras él - ¡ seguro ! -, volverá a reir la primavera.
La bandera del cristiano, a la sombra de la cual jamás se perdió una batalla, es el Santo Lábaro, el estandarte de la Cruz de Cristo, ante el cual rinden homenaje todas las banderas y pendones del Universo. Rubén Darío, el cantor de la Hispanidad, ha dejado escrito además de la "Marcha triunfal" y, miren por donde, "Cantos de Vida y Esperanza", un sinfín de bellísimas poesías una de las cuales, elegida al efecto, tengo el honor de traer a las páginas de este Cuaderno de Bitácora para poner digno fin al presente artículo :

"Dejad que siga y bogue la galera
bajo la tempestad, sobre las olas:
va con rumbo a una Atlántida española,
en donde el porvenir calla y espera.
No se apague el rencor ni el odio muera
ante el pendón que el bárbaro enarbola:
si un día la justicia estuvo sola,
lo sentirá la humanidad entera.
Y bogue entre las olas espumeantes,
y bogue la galera que ya ha visto
cómo son las tormentas de inconstantes.
Que la raza está en pie y el brazo listo,
que va en el barco el capitán Cervantes,
y arriba flota el pabellón de Cristo".

José Miguel Tenreiro
http://elocasodeoccidente.blogspot.com