miércoles, 16 de febrero de 2011

EL HIYAB EN ESPAÑA

El consejo escolar de un instituto de la localidad de Arteixo, La Coruña, sancionó estos días pasados a una de sus alumnas por llevar el velo islámico o hiyab contraviniendo lo establecido en la norma de dicho centro que prohibe asistir a clase con la cabeza cubierta con gorros, viseras, pañuelos o similares.
Desde Abou Baker, la comunidad musulmana más grande de Galicia, informaron que el citado velo no es una prenda más de cabeza sino que forma parte del vestido, y que así se lo comunica al director del centro. Por su parte la madre de la menor precisó que el velo es un distintivo de su religión, puesto que la joven es musulmana.
El colegio, el municipio y la Xunta de Galicia tratan estos días de hallar una salida, más que solución, a un problema que, por enésima vez, reaparece en un centro público. Pero no la hay. La prudencia más elemental recomienda ni siquiera tocar una caja que sabemos está llena de avispas
Cuando el rey de Arabia Saudita pidió a Putin autorización para levantar una mezquita en Moscú, éste le contestó que la tendría el mismo día en que le permitiese construir una iglesia ortodoxa en La Meca. Desde entonces parece ser que no se volvió a hablar más del asunto. Pero esto no es Rusia ni disponemos de su superioridad moral y militar. No obstante, estoy seguro que la misma solicitud no tardará muchos años en ser de nuevo formulada, aunque esta vez no habrá exigencia de contraprestación.
Los hechos que motivan el presente artículo son consecuencia de la cruzada laicista encaminada a desterrar todo símbolo religioso, y al tiempo que se expulsa al crucifijo de las aulas y demás lugares públicos, en lógica consecuencia, también se trata de que las mujeres musulmanas observen la misma normativa en cuanto a su indumentaria.
Pero así como los cristianos, y sobre todo los católicos -hacia a quienes va directamente encaminada la arbitraria normativa-, no resisten a acatarla y ponen incluso la otra mejilla, o el otro costado, como San Lorenzo sobre la parrilla del martirio, las suras del Corán no son coincidentes con los versículos del Evangelio.
De todos modos, no deja de ser admirable que en este mundo paganizado subsistan todavía, afortunadamente, millones de personas, como esta joven musulmana, que no se avergüenzan de hacer pública manifestaciónde su fe y vivir en coherencia con ella; que se respetan a sí mismas y exigen ser de los demás respetadas. Curioso contraste con las mujeres del Occidente pagano, cada día más impúdicas e insolentes, y en compañía de las cuales pretendemos meter en cintura a toda una civilización islámica, joven y virtuosa. En su frivolidad, muchos son los que ya piensan cómo corromperles ofertándoles, al igual que a nosotros, vasectomías y ligaduras, píldoras de antes y después, y aborto libre y gratuito. ¡El colmo de la necedad!
No deja de ser paradójico que mientras las mujeres musulmanas observan con rigor sus tradiciones y muestran la religión que siguen mediante la exhibición pública del hiyab, buen número de sacerdotes católicos se despojan de la sotana y de todo lo que les identifique como tales, para así conducirse con mayor libertad por el mundo mundano. Las consecuencias son de todos conocidas, y entre otras, la de que al tiempo que se vacían los seminarios también lo hacen los cuarteles y academias militares, pues en España, por misterioso designio, el monje y el soldado siempre marcharon parejos.
No fueron Tarik y Muza los culpables de la islamización de nuestro país por espacio de ocho siglos, sino los traidores -el obispo Don Opas y el conde Don Julián, entre otros- que les facilitaron, como ahora, su entrada y asentamiento.
Y, por último, no perdamos de vista que la guerra no es contra los musulmanes ni contra las diversas iglesias cristianas, sino contra España y la Iglesia Católica, perfecta simbiosis que imposibilita la existencia de ambas por separado; que impide la destrucción de la una sin antes aniquilar a la otra; y que, por consiguiente, garantiza, pese a las tribulaciones que nos aguardan, que España, el más firme baluarte del catolicismo en el mundo, perdurará junto con su Iglesia hasta la consumación de los siglos.