martes, 26 de julio de 2011

LAS MUJERES TIENEN LA PALABRA







La crisis económica que padecemos, sin precedentes en la historia, no ha de ser jamás superada si no es con la decidida intervención de mujeres poseedoras de aquellas cualidades enumeradas por Balmes en su precioso libro de El Criterio : " conciencia tranquila, voluntad firme, dominio de sí mismo, y designio premeditado ".


¡ Santo adalid, patrón de las Españas, . . . . protege a tu nación ! Con esta súplica comienza el bellísimo himno al apostol Santiago cuya festividad celebramos hoy. Pero no todo ha quedar en el ora sino que, como ordena la máxima benedictina, es necesario el labora, la actividad, el trabajo. La fe ha de ser operativa : " No todo el que dice Señor, Señor . ."
A pocos kilómetros de Santiago de Compostela, nació en 1866 un sacerdote, Don Baltasar Pardal, en proceso de beatificación, fundador de un instituto secular dedicado a la enseñanza y a la catequesis en los barrios más deprimidos de las ciudades. Enmarcada en un cuadro de uno de los pasillos del colegio de La Coruña se lee una de sus sapientísimas frases, merecedora de figurar esculpida en letras de oro en todos los centros docentes del mundo : " Educar a la mujer es educar hombres y levantar pueblos ". De donde se deduce, a la inversa, que corromper a la mujer es destruir a la sociedad y hundir los pueblos.
Tal aforismo, de vigente actualidad, guarda relación con un dicho popular de Hispanoamérica, menos elegante sin duda alguna, pero igual de contundente : " mujeres sin pudor, hombres sin honor ". Pienso que la frase es lo suficientemente elocuente para explicar por sí sola, amén de otras calamidades, la multiplicación de casos de crímenes pasionales, a los que llamamos violencia de género. Pues la carencia de honor y de dignidad es compatible con la venganza, la crueldad y el asesinato.
De los párrafos anteriores se desprende que no hemos de esperar regeneración alguna, ya sea en el orden social, laboral o político mientras no se hable en serio de la educación de la mujer, única educadora del hombre. La crisis económica que padecemos, sin precedentes en la historia, no ha de ser jamás superada si no es con la decidida intervención de mujeres poseedoras de aquellas cualidades enumeradas por Balmes en su precioso libro de El Criterio : "conciencia tranquila, voluntad firme, dominio de sí mismo, y designio premeditado". Los actuales políticos, ellos y ellas, sin claridad de ideas ni altura de miras, han demostrado sobradamente su incapacidad para manejar la crisis y gestionar el país.
Pero ya vemos la prisa que muestra el enemigo, y sus aliados de dentro y fuera de las fonteras, en llevar a cabo su labor de corrupción moral de los jóvenes mediante sucesivas vueltas de tuerca, ahogando económicamente a aquellos centros docentes de educación diferenciada, o fomentando las relaciones sexuales prematuras, la contracepción y el aborto. Nada les dicen las más de ocenta mil personas que se hacinan en los establecimientos penitenciarios, muy lejos de aquellas diez mil de los años setenta. La población no se multiplicó por ocho, evidentemente, pero más elocuente es el número de mujeres allí internadas y que apenas alcanzan el diez por ciento del total de presos. Una última consideración es la absoluta separación por sexos dentro de la cárcel, circunstancia jamás explicada, y que no guarda relación con el empeño en la enseñanza mixta, a sabiendas del mayor fracaso escolar para los varones que ello trae consigo, y de la evidente diferencia -de casi dos años- en el desarrollo físico y psíquico entre chicos y chicas.
El apostol Santiago nos trajo a España, entonces último confín de la tierra, la fe de Cristo; y fue el tesón y el coraje de una mujer, la reina Isabel de Castilla quien logró que en medio mundo se rece en español. Y esto molesta extraordinariamente al enemigo que en este postrero asalto final trata de evitar que nuestra nación continue fiel a su vocación de evangelizadora y misionera.
Como de rosas que brotan en el estercolero así precisa la sociedad española de mujeres del temple de santa Elena y santa Mónica; de madres de santos y reyes, como doña Berenguela y su hermana doña Blanca de Castilla; la ya mencionada y gigante Isabel la Católica; o santa Juana de Arco, la doncella de Orleans y patrona de la católica Francia, y junto con la cual hoy imploramos : ¡ Sainte Croix, Sainte Croix chérie, combats avec tes défenseurs !, como en Puente Milvio, en Clavijo, en las Navas de Tolosa, y en tantas ocasiones como ha estado en peligro la Santa Fe cristiana, que valientes y decididas mujeres, desde la vida consagrada, el celibato, el matrimonio, o el trono, han sabido mantener firme y segura como aquella Columna que al apostol Santiago entregó la Madre del Señor.