miércoles, 27 de enero de 2010

TEMPERATURA RELIGIOSA Y PRESION POLITICA

Temperatura religiosa y presión política son dos parámetros que siempre caminaron parejos a lo largo de la historia de la humanidad. En España hemos podido comprobar con meridiana claridad, como al mismo tiempo que bajaba el termómetro religioso también se deterioraba la situación social y económica como si hubiese entre ellas una secreta correlación. Y verificamos, en efecto, que desde los años ochenta se va enfriando paulatinamente la fe religiosa al mismo tiempo que, a imitación de la Europa laica y laicista , van apareciendo el divorcio, el aborto, las drogas, la violencia y el crimen. Baste reparar en el número de reclusos que ha pasado de diez mil en los años setenta a los 78.0000 a día de hoy.
El pasajero y fugaz bienestar económico alcanzado en la pasada década nos condujo a la creación de un ambiente y de una existencia rayanos en el paganismo. Pisos de lujo y aborto libre ha sido la tónica general propia del hedonismo capitalista en el que, con escalofriante frivolidad, nos hemos conducido en los últimos años. Consecuencia inmediata ha sido, por un lado, la explosión de la llamada "burbuja inmobiliaria" con su directa incidencia en el desempleo que no para de crecer, pues es bien sabido que la construcción y el turismo son los únicos motores de nuestra sistema económico. Y en segundo lugar, el progresivo envejecimiento de la población hasta unos niveles dificilmente asumibles. Casi diez millones de mayores de sesenta y cinco años, es decir el 21% de los habitantes, frente sólo a un 2,8% de niños menores de tres años, conforman un sombrío panorama respecto de la viabilidad del sistema de pensiones y de la Seguridad Social que los más optimistas dudan pueda extenderse más allá del año 2022.
Lejos de buscar una fórmula adecuada para incentivar la natalidad y así proceder al más que necesario relevo generacional, negamos la vida a los hijos y nos prodigamos con la de los perros. Todavía más : engendramos seres en la más absoluta irresponsabilidad para destruirlos en la indefensión e impunidad. No se tiene en cuenta que la prosperidad económica sigue a la expansión demografica y, con el optimismo propio de los ignorantes, esperamos que se abran los cielos y derramen sobre nosotros toda suerte de gracias y bendiciones.
Tal vez aguardaban algunos una mortalidad inusitada entre los mayores, que aliviase en parte las prestaciones sociales; pero esa eventualidad no se produjo, no les afectó la temible gripe A, y tampoco quisieron vacunarse contra la misma, por si acaso.
No obstante, creo que no es acertado culpar a los gobiernos de nuestros males y aguardar a que cambien para que así mejore la sociedad. En democracia, sociedad y Gobierno son correspondientes y para cambiar el Gobierno y su signo político tiene cambiar primero la sociedad. Y esta sociedad, descristianizada por nuestra tibieza y apatía, no es de esperar que reaccione de inmediato.
Paralelamente al descenso de nacimientos también se fueron quedando vacíos los seminarios, y la media de edad de los sacerdotes supera hoy en día los sesenta años. La otrora católica España, evangelizadora y misionera, languidece espiritualmente al paso que moral y económicamente. Y mientras mentes envilecidas y posesas aplauden el exterminio de los hijos pequeños que serían su futuro, el islam crece y se multiplica en el mismo solar que reivindica. El crecimiento de la población aumenta la capacidad de resistencia para los propósitos del invasor, pero aquí parece que la consigna es ser arrojados atados de pies y manos a los pies de sus caballos.
En "la tercera" de ABC del pasado 25, un prestigioso general del Ejército español analizaba la situación ante el enemigo asimétrico que tenemos enfrente, bajo el punto de vista de la estrategia militar. Pero hemos de tener en cuenta, además, de que se trata de una fuerza espiritual que se sabe segura de su victoria, y máxime ante una sociedad decrépita y paganizada. La religión cristiana ha sido por más de mil años el inexpugnable valladar contra el que se estrellaron sus afanes de conquista, y sería el eficaz antivirus que nos protegiese de su avance arrollador por toda la vieja Europa, a la que ya denominan "Eurabia" y componen imágenes virtuales de los edificios más significativos coronados con la media luna. Todo lo contrario que nosotros que, lejos poner la cruz en lo alto de todas las actividades humanas, renegando del legado de nuestros antepasados, omitimos toda alusión a la misma en el texto de la Constitución Europea; la desterramos de las aulas y de los lugares públicos; creamos una Alianza de Civilizaciones, precisamente, contra la civilización cristiana, cuando debiera ser Encuentro de Civilizaciones; y le facilitamos los templos abandonados para que los conviertan en mezquitas. Su superioridad moral queda de manifiesto en que adoran al mismo Dios cuya existencia negamos, respetan la vida de los no nacidos, y veneran la ancianidad.
Para aquellos a quienes el presente mensaje les parezca apocalíptico, les hago constar que aquí no se habla en absoluto del fin del mundo. Se trata del fin de la sociedad europea a cuya ruina hemos eficazmente contribuído. Nos parecía excesiva la actual población del mundo, y los musulmanes demostrarán -a quien lo vea- que el planeta puede tranquilamente con el doble de habitantes que, aun siendo muchos, caben todos ellos en la provincia de Salamanca, con sus doce mil kilómetros cuadrados.