miércoles 24 de noviembre de 2010

VOTO EN BLANCO, EL VOTO DE LA LIBERACION

Leemos en los medios informativos que la clase política y los políticos son la principal preocupación de los españoles inmediatamente después del paro y de la crisis económica.
El pésimo concepto que tenemos de nuestros representantes se relaciona directamente con la crisis y con los numerosos casos de corrupción en los que aparecen involucrados.
Los altísimos sueldos de que disfrutan, sus privilegios, y sus fortunas aceleradamente amasadas, contrastan con la penuria económica que afecta a la mayoría de la población, con la que se muestran manifiestamente insolidarios.
La situación se presenta tan desesperada que la cuestión no está ya en averiguar cuál será la formación política que nos saque de la profunda sima a donde ellos nos han empujado, sino en cómo liberarnos de tales indignos administradores en su totalidad.
La soberanía reside en el pueblo, pero ellos han subvertido este primer derecho constitucional para erigirse en los dueños de nuestro destino.
Tras la muerte del General Franco, aquellas Cortes llevaron a cabo la transición a la democracia, pero los líderes de los partidos políticos se arrogaron el derecho a confeccionar las listas electorales, a incluir en ellas a las personas que ellos designen , y en el orden que consideren. Los derechos del pueblo soberano quedaron reducidos únicamente a la emisión del voto cuando aquellos le convoquen a las urnas.
Pero aún así, aquel sistema elaborado por los procuradores franquistas se fue corrompiendo, a espaldas de los ciudadanos, hasta el punto de ser designados los nuevos candidatos entre los descendientes, afines y amigos de los personajes principales. De este modo accedieron a la carrera política gente con escasa cualificación, muchos de los cuales proceden de las nuevas generaciones sin que hayan efectuado en su vida actividad laboral alguna.
Esto trajo como inmediata consecuencia la profesionalización de la clase política que dejó de ser vocacional y que, lejos del deseo de servir al Estado gratuitamente y por el alto honor que ello significa, pasó a convertirse en lo ahora conocido como "la casta parasitaria", preocupada exclusivamente en el mangoneo y en el enriquecimiento en el mínimo de tiempo. Buen ejemplo son sus mansiones de Palma de Mallorca, Londres, Santo Domingo, la Costa Azul, y en tantos otros lugares dentro y fuera de España de los que la prensa nos va informando día a día producto, además de sus escandalosas nóminas, de sus maquinaciones, comisiones ilegales, y fraudulentas recalificaciones de solares.
Para asegurar nuestra afluencia a las urnas que les legitime en sus cargos, llevan a cabo una calculada serie de medidas encaminadas a dividir a la sociedad y mantener la tensión entre dos bloques irreconciliables.
Los efectos de su disparatada gestión y el expolio a que han somedido las arcas del Estado hacen que la crisis sea particularmente grave en España, quizá mucho más que en ningún otro país del mundo, y no creo en absoluto exagerar -y los hechos me darán la razón-, si aseguro que es comparable a la situación de un buque desarbolado y en el ojo de un huracán. Tan solo un milagro puede salvarnos.
Nuestro problema particular es la falta de recursos humanos, de jóvenes y niños que no han nacido, tan necesarios para asegurar la viabilidad del sistema de pensiones y de la seguridad social. Pero ahora nos encontramos que, en el mejor de los casos, no podrán percibir la jubilación los nacidos después de 1965. Para paliar este desastre, opinan los expertos, que ahora mismo necesitaríamos la aportación de nueve millones de niños en relevo de otros tantos jubilados.
Se entiende perfectamente la quiebra del Estado incapaz de hecer frente a los cuantiosos gastos que representan los ocho millones de jubilados, tres millones de funcionarios, cuatro millones y medio de parados, trecientos mil liberados sindicales, y ochenta mil políticos profesionales, amén de los altos cargos, y personal en cursos de formación. La balanza tratan de equilibrarla mediante la subida de impuestos, la congelación de las pensiones, y la bajada de sueldos al personal funcionario. Mención aparte merecen los ingresos obtenidos mediante las multas de tráfico, justificadas por la alta siniestralidad en las carreteras. Pero tal preocupación por la integridad física de los ciudadanos se desvanece al compararla con el creciente número de suicidios, es decir, con las personas que abrumadas ante una situación adversa deciden quitarse la vida. La última estadística hecha pública y referida al año 2007 registra 3.263 suicidios frente a 2.740 muertos en accidentes de tráfico.
La ley de la eutanasia, en perfecta coherencia con su filosofía de muerte, les permitirá un ahorro considerable al acabar con la vida de los que nada producen y sólo gastan.
Haciendo un sucinto repaso de la actividad política de los últimos treinta y cinco años comprobamos que todo ha sido un total desatino, primando el rédito electoral sobre el interés general. Baste recordar entre otros a la ley de educación mil veces modificada, según el ejecutivo de turno, para influir en la formación de los escolares y acomadarla a sus oscuros intereses. No obstante, y con la mayor desfachatez, a sus hijos los envían a colegios privados en clara evidencia de que no quieren para ellos la educación que imponen a los plebeyos.
Tras seis años de gobierno socialista, muchos son los que fundamentan sus esperanzas en el retorno de los polpulares, aunque ya se vislumbra que una eventual victoria de la derecha, con un pesado lastre de cinco millones de parados y unos sindicatos adversos, no ha de traer sino una catástrofe de proporciones inimaginables.
La única solución está en procurar el relevo de la totalidad de la clase política a través del voto en blanco, que ha de devolver al pueblo la soberanía nacional. Es además el único procedimiento democrático para liberarnos de esta "casta parasitaria" que ofende nuestras tradiciones, socava los cimientos de nuestra sociedad y nos conduce a una ruina sin precedentes.
"Dichoso el que no se sienta en la reunión con los cínicos ni sigue el consejo de los impíos" nos advierte la Escritura y, en efecto, ningnuo de los políticos del momento se caraceriza o distingue por ser católico practicante, por el contrario todos son agnósticos, ateos, o en el mejor de los casos tibios cristianos, cuya ausencia de escrúpulos les permite aprobar o abstenerse en las leyes contra la vida y el Derecho Natural.
Es posible que en pocos meses, quebrada nuestra economía, veamos huir a estos personajes hacia los paraísos fiscales donde es bien seguro guardan sus dineros, como buenos patriotas de hojalata, dejando al país sumido en el más espantoso caos. Evitemos esta situación. Hay en España personal con suficiente solvencia moral y económica, y con la necesaria preparación intelectual para hacerse cargo del gobierno en esta situación de emergencia nacional.
Los partidos políticos extraparlamentarios cuyos ideales se fundamenten en los principios de Fe religiosa, Patria, y Monarquía, a mi juicio debieran sacrificarse en estas próximas elecciones y unirse todos ellos en la campaña del voto en blanco, el voto de la liberación.
Al cerrar esta pagina me viene a la memoria aquel pasaje evengélico en el que aquellos pescadores del Mar de Galilea, asustados por aquel temporal de violencia inusitada que amenazaba hundir la barca en la que navegaban hacia la otra orilla, despiertan al Maestro dormido en la popa y le gritan : Señor, ¡ sálvanos, que perecemos ! Avezados marineros, se encontraron impotentes para salvar sus vidas y la nave y no les quedó más remedio que recurrir al auxilio divino. Nuestros políticos, con la osadía propia de los ignorantes, aseguran disponer de los medios necesarios para superar la situación sin reparar en que "la sociedad que vuelve la espalda a Dios, ve ennegrecerse de súbito, con aterradora oscuridad, todos sus horizontes". Bien persuadido, por consiguiente, de que no habrá poder humano capaz de rescatarnos de la segura catástrofe que se avecina, me uno a los pocos o muchos que, con clara visión del peligro inminente, deciden suplicar al Maestro: Señor, ¡ sálvanos, que perecemos !
Próximas ya la elecciones autonómicas en Cataluña ruego a la Rosa d' abril, Estrella d' Orient, nos guie al port de salvament.

J.M. Tenreiro
josemigueltenreiro@gmail.com

2 comentarios:

María M dijo...

Estoy de acuerdo pero me temo que no va a ser tan fácil formar una nueva clase política para sustituir a los que tenemos en la actualidad.

Anónimo dijo...

Efectivamente, la clase política no solo es una casta sino también una profesión, de modo y manera que quiénes se afilian a un partido, el que sea, aspira a que le pongan en una lista electoral a la espera de que, cuando le toque el turno, salir como concejal, diputado nacional o aquello que le permita vivir lo mejor posible y, encima, con gabelas y privilegios.
Lejos de contactar con sus electores y pulsar sus inquietudes, no lo considera necesario, porque las listas son cerradas.
De esa manera, el votante lo va a hacer respecto a quiénes ya vienen, previamente, elegidos y determinados por los respectivos partidos.
No estamos en una democracia sino en una PARTITOCRACIA. Y ello es un engaño desde el punto y hora en que se supedita el prestigio personal del candidato a la voluntad del jefe del partido correspondiente que no necesariamente tienen por qué sintonizar ni conciliar sus intereses con los intereses de los votantes, aunque el teoría así lo sea.
Es un sofisma. El votante, el ciudadano, el súbdito solo es útil para echar su voto en la urna y, con ello, legitimar a quien o a quiénes pueden pasar olímpicamente de los verdaderos intereses generales o del bien común, una vez salen elegidos.
El voto en blanco expresa la más absoluta disconformidad con el sistema imperante y, por ende, con la partitocracia al uso y en vigor.