domingo, 14 de marzo de 2010

SIN NACIMIENTOS NO HAY FUTURO

El pasado 3 del presente mes las Cortes aprobaban la Ley de Educación Sexual e Interrupción Voluntaria del Embarazo la que, entre otras innovaciones con respecto a la hasta ahora vigente de 1985, contempla la posibilidad de la destrucción violenta del producto de la concepción dentro de las catorce primeras semanas, y el que las jóvenes mayores de 16 años puedan liberarse de su embarazo sin necesidad de contar con la autorización de sus padres o tutores.
En protesta a la nueva legislación, las organizaciones pro-vida llevaron a cabo manifestaciones en más de ochenta ciudades a fin de llamar la atención de la opinión pública extranjera. Cientos de miles de personas acudieron a la convocatoria, pese a las inclemencias del tiempo en la mayoría de las ciudades, en un postrero intento de forzar al Gobierno a la derogación de la citada ley. Curioso, cuando menos, resultó observar la presencia, aunque a título personal, de varios altos cargos del Partido Popular que gobernó durante dos legislaturas consecutivas, una de ellas con mayoría absoluta, manteniendo vigente la citada ley de 1985, al amparo de la cual se estima se habrán llevado a cabo no menos de un millón y medio de abortos.
Tras el baby-boom de los años 70 que conformaba una perfecta pirámide poblacional y permitía unas favorables expectativas futuras para el regimen de jubilaciones, la drástica disminución de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida hasta los 80 años, motivan la aparición del fantasma de la quiebra del sistema de pensiones, cada vez más próximo. Para conjurar este riesgo se proponen diferentes medidas tales como aumentar la edad de jubilación hasta los 67 años, o hasta los 70, como sugiere el Instituto de Empresa Familiar. Pero por más que se maree la perdiz las cuentas del Estado distan mucho de cuadrar, porque al envejecimiento de la población le sigue consecuentemente un paro incesante que no se detendrá hasta el colapso total de nuestra actividad económica. Pues es bien sabido que las personas mayores no consumen, en contraposición con los niños que lo hacen ya antes de nacer. El no considerar este hecho elemental, o ignorarlo, constituye un alucinante desvarío.
Por lo tanto, y el sentido común nos lo grita : si no hay nacimientos no hay futuro. Y si queremos ver de nuevo en marcha la maquinaria de la industria y el comercio no habrá más remedio que incentivar la natalidad, fomentando las familias numerosas, pues los hijos que esta situación desesperada requiere sólo nacen en el ambiente de seguridad y permanencia que la familia posee, y no de otras uniones eventuales y pasajeras por más santas que sean. No cabe esperar, tampoco, a que nos resuelvan el problema los emigrantes, obligados a vivir en pisos-patera en condiciones infrahumanas.
El incentivo, en exclusiva para las mujeres nacionales, no ha de ser menor de 200 euros por hijo y mes, a partir del tercero y hasta la mayoría de edad, y sin retención alguna. El sacrificio -o ajuste, como gustan decir algunos entendidos-, exigido por tal medida, sería aceptado de buen grado por el contribuyente que vería despejado el horizonte de tan negros nubarrones. La prosperidad económica seguirá forzosamente a la expansión demográfica.
Las múltiples manifestaciones del pasado día 7, y como era de esperar, no han conseguido conmover lo más mínimo el ánimo de los promotores de la Ley, que entrará en vigor el próximo mes de julio. Los líderes del Partido Popular se justifican ante la mayoría de sus entusiastas seguidores con la tibia promesa de recurrir la Ley ante el Tribunal Constitucional. Globos, pancartas y carteles tiñeron de rojo los pueblos de España para sólo conseguir la hilaridad de los detractores. Pero distinto sería su semblante si el color elegido fuese el blanco, preludio de ese voto de castigo para la clase política actual que sólo busca enriquecerse a costa de nuestros sudores. Voto de supervivencia, y solidario con los seres, engendrados en la irresponsabilidad y destruidos en la indefensión, llamados a ser nuestro futuro y relevo generacional.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece genial que se ayudara a la maternidad desde el Estado, pero no sólo de manera económica sino desde la revalorización de la paternidad-maternidad como un valor de agradecer.
La mentalidad "light" o la envidia ve el hijo como un "egoísmo" de los padres, un capricho y no un derecho y una obligación del ser humano, en la medida de sus posibilidades.
Alrededor de los hijos, hay muchos negocios que exprimen a los padres, como si los hijos fueran un objeto de lujo y para lucrarse no dudan incluso "culpabilizar" a los padres exigiendo unos niveles de "respnsabilidad" que a veces raya la ridiculez.
Son los mismos que si pudieran tendrían hijos de madres de alquiler, para evitarse el embarazo y contratarían un arsenal de cuidadores y entretedores, mientras ellos viajan "porque han de trabajar mucho para pagar el bienestar de los hijos".
Sinceramente, creo que hay que volver a lo esencial.

María dijo...

Dicen que es una cuestión religiosa, pero incentivar la natalidad es una simple cuestión de sentido común.

J.C.Martín Palanca dijo...

Asistimos a una etapa histórica, en Europa en general y en España en particular, verdaderamente delirante.
Si no fuese porque el asunto este del aborto "a gogó" apesta a "azufre" y posee las más sórdidas connotaciones del averno, cualquier mente mínimamente constituída y amueblada pensaría que todo esto obedece a una "conjura" de la más despreciable factura: Sería aquella conjura famosa de "Los necios" que escribiera John Kennedy Toole.
Y es que, además de la perversidad moral y antropológica que supone eliminar la vida del "nasciturus" en el seno materno; la cuestión, del mismo modo gravísima, es invertir los conceptos y los valores, en este caso; esto es plasmar como un derecho lo que, de suyo, es un delito sin paliativos.
Por otra parte y desde la "praxis" demográfica; es completamente absurdo y suicida el promover la muerte de seres concebidos y no nacidos ("nasciturus"), cuando tenemos un déficit cada vez mayor de personas que puedan afrontar el futuro y reemplazar a quienes ahora se hallan en trance de jubilación o lo estarán de aquí a unos años.
¿ Cómo se va a sostener esa situación ?.
La siguiente solución, final si cabe, en las mentes pérfidas en que anidan todas estas ideas, sería la "eutanasia", eufemismo con el que pasaportarían al "otro barrio" a cuantas personas fueran siendo gravosas para el Estado.
Una "muerte digna" es la "honrosa" salida de quienes ya no pueden producir y sí ocasionar gastos al erario público y, máxime, si la población productiva y que cotiza es cada vez más escasa.
Obviamente; ni es cuestión religiosa, como arteramente dicen los proabortistas sino pragmática.
Algún día, aunque ya será tarde, nos acordaremos negativamente de todos estos siniestros personajes políticos que han promovido tan criminal ley, envolviéndola en el sofisma de un falso derecho.

Anónimo dijo...

Efectivamente. No sé cómo no aprendemos de lo sucedido en China. Al inverir la pirámide generacional, resulta un montón de "hijos únicos" varones, mimados y consentidos por cuatro abuelos que apuestan por él para el futuro pero que paradójicamente se les volverá en contra.
¿Creen que un hijo así educado va a ser el abnegado y sacrificado nieto que vaya a hacerse cargo de cuatro abuelos en una sociedad donde el hombre es dueño de la vida de los demás?
Ciertamente, el aborto conduce a la eutanasia de la mano...