martes, 29 de diciembre de 2009

AHOGAR EL MAL EN LA ABUNDANCIA DE BIEN

Aprobado por el Congreso el proyecto de la futura Ley del aborto, el pasado 27 de noviembre, y que, probablemente, entre en vigor en el próximo mes de marzo, urge ahora a todos cuantos disentimos de la citada disposición legal el promover a que, por iniciativa popular, se adopten las medidas necesarias para anular o, en lo posible, atenuar sus efectos adversos, alguna de las cuales ya ha sido esbozada o funciona en alguna comunidad autónoma :
Una ayuda económica suficiente y atención médica gratuita a las mujeres embarazadas que repudien su estado de gestación, y hasta el alumbramiento; y en segundo lugar, la creación de una asociación nacional de familias acogedoras dispuestas a admitir a alguno de estos bebés, criarlos, educarlos, y el facilitar sean entregados a sus madres naturales cuando estas lo reclamen, y con renuncia expresa a todo derecho sobre el menor y los gastos ocasionados. El inevitable trauma que este último supuesto acarrearía sería superado por la satisfacción de haber salvado una vida. El mal se ahoga con la abundancia de bien.
Para aquellos que consideren un derroche la inversión económica que las citadas medidas supondrían, les recuerdo que en España, el número de personas mayores de 65 años supera el de nueve millones, es decir el 21% de la población, mientras que los niños de 0 a 3 años apenas representan el 3% del total. Urge, por consiguiente, el tratar de hacer todo lo posible para invertir la pirámide poblacional. Es cuestión de supervivencia : si no hay nacimientos no hay futuro.
Nadie espere mejora alguna en el terreno económico y laboral si no es fomentando los nacimientos y las familias numerosas. Estos sí que serían los brotes verdes que algunos ya creían ver surgir "milagrosamente" meses atrás. La demora en la aplicación de disposiciones contundentes en este sentido nos llevarían en breve plazo a una situación insostenible.

martes, 8 de diciembre de 2009

DELENDA EST ...... !

Delenda est Carthago, hay que destruir Cartago, eran las palabras con las que Catón el Antiguo terminaba sus discursos a propósito de cualquier asunto, hacia el año 150 a. de C. Se emplea esta locución latina para dar a entender una idea fija que se persigue sin descanso hasta realizarla.
El Congreso votó a favor de la retirada de los crucifijos de los centros de enseñanza e instó al Gobierno la incorporación a nuestro ordenamiento jurídico de la sentencia del Tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo, del pasado 3 de noviembre, que señala que los crucifijos en el aula vulneran el derecho de la libertad de pensamiento. Tal proposición ha dado lugar a un acalorado debate entre amplios sectores de la sociedad, y el Gobierno informa que regulará los símbolos religiosos, entre ellos el crucifijo, sólo en los lugares públicos, dentro de la futura Ley de libertad religiosa y de conciencia.
Analizando la situación religiosa en España comprobamos que aunque el noventa y cuatro por ciento de la población se declare católica, sólo en veintinueve por ciento asegura ser practicante, y el diecisiete por ciento cumplir con el precepto dominical. Se deduce de estos datos que una inmensa mayoría de los habitantes de la antaño reserva espiritual de occidente, aunque doloroso nos resulte reconocerlo, ya no son cristianos ni quieren hacer cristianos a sus hijos y que, llegado el momento verían con indiferencia la retirada del crucifijo de los colegios y de los lugares públicos o no dudarían en preferir se impartiese la enseñanza de las suras del Corán a los versículos del Evangelio, aunque no fuese más por aquello de la cultura o el snobismo.
Todo ello son los síntomas de esa enfermedad que Juan Pablo II definía como neopaganismo, preocupante fenómeno de descristianiazación, cuyas graves consecuencias son un ambiente en el que el bienestar económico y el consumismo inspira y sostiene una existencia vivida como si Dios no existiera.
No obstante, a lo largo de los siglos, pensadores y filósofos han insistido en la necesidad de la formación religiosa como fundamento de la sociedad. Personajes como Platón y Jenofonte, pasando por Plutarco, Rousseau o Voltaire llegaron a conclusiones tales como que es más fácil fundar una ciudad en el aire, que constituir una sociedad sin principios religiosos, o Allí donde hay una sociedad, la religión es de todo punto necesaria.
La religión católica es algo consustancial a España desde los tiempos de los emperadores Diocleciano y Constantino, en el siglo IV de nuestra era, y fieles a ella se han mantenido nuestros antepasados sin solución de continuidad hasta el día de hoy. Innumerables mártires como los hermanos Justo y Pastor, de 7 y 9 años; santa Engracia, san Hermenegildo - hermano de Recaredo primer rey visigodo cristiano- y así hasta la última contienda civil en la que más de siete mil personas entre religiosos, religiosas y seglares, han dado su vida por la fe católica. Es de señalar que ha sido esta postrera persecución la más furibunda que registra la Historia superando en número de mártires a los de todo el imperio romano.
Queda ya de manifiesto que ni el paganismo romano, ni el arrianismo visigodo, ni ocho siglos de islamismo, ni la aludida y sangrienta persecución de 1931-39, han logrado erradicar la fe de este pueblo, aquilatada durante dos milenios y que se derramó con espíritu evangelizador y misionero hacia oriente y occidente, hasta todos los rincones del orbe.
La Cruz de Cristo acompañó a los expedicionarios que se embarcaron hacia los territorios de Ultramar con su mensaje sobrenatural del amor, la sobriedad, el sacrificio e incluso el martirio en defensa de la fe. Santa Rosa de Lima, san Martín de Porres y el indio Juan Diego, entre otros, son el testimonio de la labor de aquellos que han contribuido eficazmente a la expansión del cristianismo por el Nuevo Mundo en donde dejaron una obra imperecedera en la multitud de templos, escuelas, hospitales y sobre todo de universidades cuyo número se ha incrementado en el siglo XX con las de Piura, en Perú; la Panamericana, en México; la de La Sabana, en Colombia; la Austral, en Argentina; y la de los Andes, en Chile.
Una labor de gigantes en el orden espiritual y cultural, sin parangón en la Historia Universal, que ha dado lugar a una comunidad que agrupa a más de 472 millones de personas que conforman la Hispanidad, término que provoca ampollas entre los detractores que gustan más de la expresión Latinoamérica o Iberoamérica en los que aparece diluído el nombre de España. Y es que no podemos dejar de considerar que junto a aquellos primeros también se aventuraron otros muchos, la cizaña del trigal, los forjadores de sus propia leyenda, la leyenda negra, ya que su mérito, tanto ayer como hoy, no ha sido otro sino el de robar, violar y asesinar.
No resulta fácil creer, visto lo que antecede, que los españoles en tan pocos años, están ya maduros como para poder proclamar con júbilo como aquel ministro de la guerra, hace ahora 78 años, que España ha dejado de ser católica. Mucho ha sido el estrago causado por el neopaganismo a que alude Juan Pablo II, pero quizá la profunda crisis económica en la que hemos caído nos haga volver a donde solíamos. Me llena de esperanza la imagen del Sagrado Corazón del Cerro de los Angeles, centro geográfico de la península, a quien España ha sido consagrada por el rey Alfonso XIII aquel dichoso día 30 de mayo de 1919. Curiosamente también sufrió esta imagen el furor de las turbas anticristianas que la fusilaron y destruyeron en agosto de 1936, siendo reconstruida en 1944. Pues bien, no sólo es la sagrada imagen la que alegra mi fe si no la promesa del Señor al Padre Bernardo Hoyos, el 14 de mayo de 1733 : Reinaré en España con más veneración que en otras partes.
No puedo concluir este trabajo sin una breve reflexión heráldica. La serpiente bíblica, a la que alude la liturgia de hoy, fue condenada a arrastrarse sobre su vientre y a comer el polvo durante toda su vida. Una mujer, la Virgen Inmaculada, cuya festividad hoy celebramos, la Madre de Dios-Hijo, quebrantará su cabeza. Los Reyes Católicos, acertadamente, habían puesto su escudo bajo la protección del águila de San Juan Evangelista. Ya vemos que actualmente, como desde el principio del mundo, van parejos los destinos del águila y la serpiente, el animal que vuela más alto y el que se arrastra. La Verdad y el error. ¡Jamás la serpiente podrá con el águila!
He querido publicar este artículo, precisamente hoy, en la festividad de la Inmaculada Concepción, patrona de España y de su invicta Infantería.