El sábado 17 del pasado mes de octubre, ha tenido lugar en Madrid una manifestación por la vida la que, según la prensa, desbordó las expectativas más favorables de los organizadores. El número de asistentes varía como siempre, según las fuentes, entre las cincuenta y cinco mil y los dos millones de personas. Se trataba, al parecer, de echarle un pulso al Gobierno y forzarle a que retire el proyecto de ampliación de la ley del aborto. La profusión de pancartas, banderas y globos ha convertido en jornada festiva lo que, a mi juicio, debiera ser algo bien distinto.
La consideración de los ciento veinte mil abortos practicados el pasado año, a una media de trescientos veintinueve diarios, es una trágica realidad que parecen ignorar tanto los convocantes de la manifestación como los representantes del Partido Popular que acudieron a la misma. Para todos ellos el éxito estaría en lograr que el Gobierno retirase el mencionado proyecto legal y continuásemos en la misma situación de estos últimos veinticuatro años, en el transcurso de los cuales se han practicado no menos de un millón y medio de interrupciones violentas del embarazo. Y conviene recordar que durante este período los populares han gobernado durante dos legislaturas consecutivas, una de ellas con mayoría absoluta, sin que hubiesen tomado ninguna medida para derogar esta ley o para impedir o atenuar sus perniciosos efectos.
Si el aborto es un crimen abominable, como bien rezan algunas de las pancartas exhibidas, no se acierta a comprender cómo relevantes personalidades de la derecha o del partido socialista, todas ellas auto declaradas
católicas, ya estén hablando de un necesario y saludable consenso para modificar alguno de los aspectos del citado proyecto de ley. Pues aquí la palabra
consenso, tantas veces repetida desde las tribunas públicas, se vuelve particularmente odiosa como sinónimo de complot, contubernio o conspiración para seguir asesinando a seres inocentes e indefensos, como se lleva a cabo desde 1985 bajo cualquiera de los tres supuestos despenalizados.
Muchos son los que fundamentan su argumento exterminador en que la mujer es dueña de su cuerpo y, por consiguiente, puede decidir entre la vida y la muerte del ser engendrado en su seno. Pero aquí es donde está el error, porque el hijo concebido en sus entrañas, y desde el primer instante, ya no es
su cuerpo sino un bien público, patrimonio de la Humanidad, y su destrucción o expulsión prematura y violentamente provocada debe castigarse con gravísima pena. La madre que no acepte el embarazo, cualquiera que fuese su causa, ha de disponer de las ayudas necesarias para sobrellevar esta situación en las mejores condiciones físicas, síquicas y económicas. El recien nacido se entregaría a un orfelinato para su posterior adopción por alguna de las muchísimas familias que le recibiríamos con alegría, e incluso condicionado a ser reintegrado a su madre biológica cuando ésta lo solicitase, y con renuncia a todo derecho sobre el adoptado.
No obstante, parece que lo que más escandaliza a la derecha es la posibilidad de que las mayores de dieciseis años puedan abortar sin la autorización o el consentimiento de sus padres, pero a nadie llama la atención el hecho de que mujeres tan jóvenes, casi niñas, se queden embarazadas merced a las prácticas sexuales llevadas a cabo a tan temprana edad. Lejos de acordar una más que necesaria cruzada de moralidad, se estimulan y despiertan las pasiones sin reparar en absoluto en cuáles van a ser las inmediatas consecuencias. Completa el alucinante cuadro la llamada
píldora del día después, abortivo que ya se puede adquirir libremente en las farmacias sin necesidad de receta médica.
Lo anteriormente expuesto ya sé que, por mil veces repetido, no conmueve a nadie. Pero la sangre de los inocentes que empapa nuestra tierra, clama al Cielo como la del justo Abel, y exige una reparación mayor que la jornada festiva y multitudinaria de hace hoy quince días. Un millón y medio de víctimas pienso que requieren un acto de pública penitencia, una Jornada de Expiación y Desagravio Nacional que, como las gentes de Nínive,
logre conmover al Señor y se vuelva del furor de su ira (Jon 3,9). Cobran aquí vigencia las palabras del gran filósofo y político extremeño del siglo XIX, Donoso Cortés, las que, aunque pronunciadas en 1849, parece que lo fueron para hoy mismo, exponiendo con escalofriante lucidez el diagnóstico de una sociedad enferma. Conoce el remedio del mal, pero duda de que se aplique :
Por eso el castigo que ha de venir ha de ser el castigo por excelencia. Una sola cosa puede evitar la catástrofe; una y nada más: procurando todos, hasta donde nuestras fuerzas alcancen, provocar una reacción saludable religiosa. Ahora bien, ¿es posible esta reacción? Posible lo es; pero ¿es probable? Aquí hablo con la más profunda tristeza : no lo creo probable. He visto y conocido a muchos individuos que salieron de la fe y han vuelto a ella; por desgracia, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido. Y en efecto, tal como acertadamente expone un anónimo comunicante en mi escrito anterior, todos nuestros males provienen de la paulatina pérdida de la Fé católica en la que antes se fundaba la moral de las leyes y costumbres. Pero ahora, y en palabras de Donoso,
ya no somos cristianos ni queremos hacer cristianos a nuestros hijos.
Verdaderamente, es justo reconocerlo, que si hasta hoy no ha caido sobre nosotros el castigo vaticinado ha sido, sin duda, gracias a la constante y fervorosa oración de tantas almas buenas que actúan de pararrayos de las iras de Dios, y que en atención a las cuales, como en su día al reducido grupo de atribulados justos de Sodoma (Gen 18,24-33), todavía disponemos de algún tiempo
para la conversión del mal camino y de la violencia de nuestras manos.(Jon 3,8)
La Jornada Nacional de Expiación y Desagravio, a falta de mejor iniciativa, tendría lugar en Madrid el 28 de Diciembre de 2010. Durante los próximos catorce meses, y a modo de larga cuaresma, se llevarían a cabo los preparativos necesarios para tan magno y solemne acontecimiento. Un millón y medio de pequeñas cruces blancas, no más grandes que el tamaño del bebé a quien representan, serían depositadas el día anterior en la gran plaza origen de la manifestación. Estarían ordenadas a razón de treinta mil por provincia, y a disposición de la más rigurosa inspección y cómputo de los detractores. Dos mil voluntarios se encargarían de su distribución, una por una, a cada uno de los asistentes . Banderas con negros crespones cubrían los balcones de la amplia avenida por donde, en silencio sepulcral sólo roto por los suspiros y sollozos, discurre la fúnebre comitiva : es España que llora a sus niños no nacidos; aquéllos que alevosas manos asesinaron, del modo más cruel que imaginarse pueda, cuando dormían al calor del nido materno; aquéllos cuyos cuerpos no podemos hoy honrar por haber sido, después de triturados, arrojados a los crematorios junto con los demás restos sanitarios. A diferencia de los mártires inocentes de hace veinte siglos y víctimas del mezquino interés de Herodes, los nuestros son víctimas de la lujuria, vergonzoso vicio que, lejos de reconocerse, se estimula y espolea. Al final del recorrido, sin tribunas ni oradores, la multitud entonó un cántico que parecía salir más del corazón que de los labios, y en el que se pedía al Señor acogiese las súplicas que los mártires del hedonismo le presenten por todos nosotros. Y así, en el mismo e impresionante silencio, se daría por concluído el acto.
La descrita e imaginaria manifestación sería el fruto de la intensa labor efectuada por todas aquellas personas que, habiendo tomado conciencia de la gravísima situación en la que nos hallamos, no han reparado en esfuerzos y sacrificios para conseguir lo que, contra todo pronóstico, no parecía probable : la reacción religiosa saludable que había de salvarnos de la muerte, porque, estoy firmemente persuadido, nuestra nación dejaría de ser España si dejase de ser católica. Y porque creo en la eficacia omnipotente de la oración, y porque espero en el Señor y confío en su Divina Misericordia, estoy completamente seguro de que, una vez más, España asombrará al mundo resurgiendo, como el ave fénix, de sus propias cenizas, para continuar fiel a su destino histórico y milenario de evangelizadora y misionera. Y una vez más, sus enemigos y los de la fe católica verán desbaratados sus planes porque, por designio divino, España es el factor principal de la victoria.
Hoy, festividad de Todos los Santos, pienso que es el día señalado para iniciar tan ambiciosa labor bajo el patrocinio de todos los que nos han precedido con el signo de la Fe.