lunes, 2 de noviembre de 2009

LA EXCEPCION Y LO HABITUAL

El pasado 22 de octubre, dos niñas de 12 años fueron agredidas sexualmente por nueve compañeros de instituto, en el interior del autobús escolar en el que regresaban a sus hogares en ruta desde Villalbilla a Loecehes, Madrid. Los presuntos autores, de 14 años, abusaron deshonestamente de las menores cuando, al parecer, trataban de recuperar un móvil extraviado, sujetándolas unos de pies y manos mientras otros las registraban.
El hecho denunciado, desgraciadamente, no constituye una excepción dentro de la realidad cotidiana sino que es una manifestación más del estado de degradación de nuestra sociedad. Sucesos como los descritos, violaciones y homicidios, todos ellos perpetrados por menores, los vemos, con hartísima frecuencia, repetidos a lo largo de la geografía española. No hay autoridad en la familia ni disciplina en los colegios; no hay formación moral, religiosa ni ética, ni muchos que puedan impartirla, puesto que nadie da lo que no tiene. Así que no puede haber menos que estos hechos lamentables. Por otra parte, se suprimió el servicio militar y no se ha buscado una prestación social alternativa para los miles de jóvenes que, tras el fracaso escolar, campan ociosos por las calles de nuestras ciudades sin formación, sin educación, sin trabajo, y sin más expectativa que el de engrosar el número de los 77.000 reclusos que abarrotan nuestras cárceles.
Pero hay que encontrar un culpable. En ausencia de monitor, la víctima propiciatoria es el conductor del autobús que, miren ustedes por donde, además es un agente de la Guardia Civil que, contra el reglamento, trabajaba en horas libres en una empresa privada. No deja de ser triste que en estos tiempos de relajación de costumbres, de botellón, de fiebre y orgía juvenil, gran parte de la culpa recaiga sobre el conductor del vehículo escolar, quien ya ha sido provisionalmente apartado de sus funciones. Él tenía que haber observado y calibrado lo que, seguramente, muchos presentes jaleaban o contemplaban indeferentes y nadie puso en su conocimiento.
En otros tiempos en los que sucesos como éste eran la excepción y no lo habitual, el chofer hubiese conducido el vehículo al cuartelillo o comisaría más próxima y los jovenzuelos que tuvieron la osadía de tomarse tales libertades con las niñas lo pagarían con varios años de correccional.