En los primeros días de septiembre, la prensa difundía unas fotografías de varias personas realizando prácticas sexuales en la calle, en las inmediaciones del Mercado de la Boquería de Barcelona, en pleno centro de la ciudad.Tales imágenes deplorables han escandalizado a todo el país y han encendido de nuevo la polémica sobre el problema nunca resuelto, e irresoluble, de la prostitución. El cuadro, verdaderamente impactante, muestra con toda su crudeza las miserias humanas, humillante para las mujeres y degradante para los lujuriosos clientes. Como acertadamente comentó una virtual comunicante por aquellas fechas y en alusión a lo que dichas imágenes representaban : Ni siquiera es sexo bien hecho; es más bien una satisfacción mecánica practicada sin educación, sin respeto por los demás ni por sí mismos. Una respuesta compulsiva al más puro estilo animal.
La escena resulta más repugnante, si cabe, al reparar en el color de una de las mujeres la que, probablemente, después de haber sobrevivido a una larga travesía en patera, se ve forzada a ejercer la prostitución callejera para supervivir en el país donde esperaba hallar el paraíso. Y pienso que no exagero si afirmo que tal conducta, utilizando sexualmente y con publicidad a una persona, aprovechándose de su estado de angustia económica, constituye un ultraje intolerable que debiera estar recogido en el código penal y castigado con una pena similar a la de la agresión sexual.
A la vista de lo anterior se comprende que en países como Suecia se trate de luchar contra este problema imponiendo severas multas, precisamente, a los sujetos que acepten los servicios de quienes comercian con su cuerpo. En nuestro país son muchas las personas a quienes les agradaría ver a estas mujeres, extranjeras en su mayoría, alejadas de las calles y parques donde ejercen su actividad y retirarlas al interior de burdeles donde, según piensan, estarían más cómodas y confortables. Pero a poco que reflexionemos nos damos cuenta de que en la vía pública o en bares gozan al menos de libertad para elegir al cliente, lo que no sucede en el burdel donde no les queda más remedio que aceptar al primero que se fije en ellas, sea o no de su agrado.
La lucha eficaz contra esta lacra, fruto de la sociedad en la que vivimos, conllevaría el ofrecer a estas mujeres un trabajo que les permitiese vivir decorosamente y les alejase del mundo de los depredadores en celo. Pero jamás hubo quien se preocupase por ellas salvo para su explotación, a excepción de las instituciones de la siempre inevitable Iglesia Católica, en especial las tan denostadas y vilipendiadas monjitas a las que, por cierto, lejos de reconocérsele su abnegada labor, no les son de aplicación los beneficios de la ley de la Memoria Histórica pese a haber sido,centenares de ellas, víctimas de la refinada crueldad de sus verdugos durante la última contienda civil.
Sentado el principio de que la mujer es dueña de su cuerpo, hay que admitir que también es libre para venderlo o alquilarlo, en metálico o en especie. Deseable sería que así no fuese, pero lo propician las actuales circunstancias de esta sociedad carente de valores éticos y morales, y en especial la penuria económica que padecen las clases más bajas. Y hay que advertir que lo mismo se prostituyen quienes ejercen en un sórdido antro que las que se exhiben en determinadas revistas de todos conocidas y que abarrotan los kioscos. Aunque, claro está, en estos tiempos de hipocresía pura y dura, a las primeras se le califica de prostitutas, meretrices, o en su acepción simplificada y vejatoria de cuatro letras, mientras que a las segundas, mejor pagadas, se alude con el eufemismo más elegante de cover girls.
La ley penal castiga a los que se lucren de las personas cuya prostitución o corrupción exploten. Las fuerzas de seguridad han de aplicarse en la persecución de tales sujetos pero, en virtud del principio arriba citado, pienso que hay que respetar la voluntad de quien quiera prostituirse, y considero que atenta gravemente contra la libertad y dignidad de la mujer cualquier medida que se oponga o coarte la practica voluntaria de esta actividad tratando de reglamentarla para su control fiscal o sanitario. El límite ha de estar solamente en el orden público. Quienquiera que acuda al reclamo de estas personas ha de atenerse a las consecuencias, dado el elevado número de enfermedades de transmisión sexual existentes y que justifican plenamente el aforismo de Baudelaire : Tan vivo es el gozo como cruel el castigo.
Y de igual modo que se acotan algunas playas en beneficio de los nudistas, también se debieran reservar determinados espacios en las ciudades para estas actividades, considerando, además, la imposibilidad de erradicarlas, máxime en estos tiempos en los que la pasión sexual se despierta y estimula continuamente a través de todos los medios y desde edades bien tempranas con las consecuencias indeseables del aborto y la violencia de género.
La escena resulta más repugnante, si cabe, al reparar en el color de una de las mujeres la que, probablemente, después de haber sobrevivido a una larga travesía en patera, se ve forzada a ejercer la prostitución callejera para supervivir en el país donde esperaba hallar el paraíso. Y pienso que no exagero si afirmo que tal conducta, utilizando sexualmente y con publicidad a una persona, aprovechándose de su estado de angustia económica, constituye un ultraje intolerable que debiera estar recogido en el código penal y castigado con una pena similar a la de la agresión sexual.
A la vista de lo anterior se comprende que en países como Suecia se trate de luchar contra este problema imponiendo severas multas, precisamente, a los sujetos que acepten los servicios de quienes comercian con su cuerpo. En nuestro país son muchas las personas a quienes les agradaría ver a estas mujeres, extranjeras en su mayoría, alejadas de las calles y parques donde ejercen su actividad y retirarlas al interior de burdeles donde, según piensan, estarían más cómodas y confortables. Pero a poco que reflexionemos nos damos cuenta de que en la vía pública o en bares gozan al menos de libertad para elegir al cliente, lo que no sucede en el burdel donde no les queda más remedio que aceptar al primero que se fije en ellas, sea o no de su agrado.
La lucha eficaz contra esta lacra, fruto de la sociedad en la que vivimos, conllevaría el ofrecer a estas mujeres un trabajo que les permitiese vivir decorosamente y les alejase del mundo de los depredadores en celo. Pero jamás hubo quien se preocupase por ellas salvo para su explotación, a excepción de las instituciones de la siempre inevitable Iglesia Católica, en especial las tan denostadas y vilipendiadas monjitas a las que, por cierto, lejos de reconocérsele su abnegada labor, no les son de aplicación los beneficios de la ley de la Memoria Histórica pese a haber sido,centenares de ellas, víctimas de la refinada crueldad de sus verdugos durante la última contienda civil.
Sentado el principio de que la mujer es dueña de su cuerpo, hay que admitir que también es libre para venderlo o alquilarlo, en metálico o en especie. Deseable sería que así no fuese, pero lo propician las actuales circunstancias de esta sociedad carente de valores éticos y morales, y en especial la penuria económica que padecen las clases más bajas. Y hay que advertir que lo mismo se prostituyen quienes ejercen en un sórdido antro que las que se exhiben en determinadas revistas de todos conocidas y que abarrotan los kioscos. Aunque, claro está, en estos tiempos de hipocresía pura y dura, a las primeras se le califica de prostitutas, meretrices, o en su acepción simplificada y vejatoria de cuatro letras, mientras que a las segundas, mejor pagadas, se alude con el eufemismo más elegante de cover girls.
La ley penal castiga a los que se lucren de las personas cuya prostitución o corrupción exploten. Las fuerzas de seguridad han de aplicarse en la persecución de tales sujetos pero, en virtud del principio arriba citado, pienso que hay que respetar la voluntad de quien quiera prostituirse, y considero que atenta gravemente contra la libertad y dignidad de la mujer cualquier medida que se oponga o coarte la practica voluntaria de esta actividad tratando de reglamentarla para su control fiscal o sanitario. El límite ha de estar solamente en el orden público. Quienquiera que acuda al reclamo de estas personas ha de atenerse a las consecuencias, dado el elevado número de enfermedades de transmisión sexual existentes y que justifican plenamente el aforismo de Baudelaire : Tan vivo es el gozo como cruel el castigo.
Y de igual modo que se acotan algunas playas en beneficio de los nudistas, también se debieran reservar determinados espacios en las ciudades para estas actividades, considerando, además, la imposibilidad de erradicarlas, máxime en estos tiempos en los que la pasión sexual se despierta y estimula continuamente a través de todos los medios y desde edades bien tempranas con las consecuencias indeseables del aborto y la violencia de género.
1 comentarios:
Este grave escándalo que desgracadamente sufrimos en España, es signo evidente de la paulatina pérdida de Fé; y este por desgracia no será el último de los escándalos. El "matrimonio" entre homosexuales, o la pervesión institucionalizada de los menores en las aulas públicas, fomentada desde nuestro mismísimo Gobierno, evidencia de forma clara y rotunda, la falta total de luces, de la gran mayoría de la sociedad española.
¿Como es posible, que no se presenten remedios a este y otros problemas de nuestra "sociedad occidental"? ¿Qué es lo que nos falta?
Pues mi querido José Miguel, lo que nos falta es precisamente la LUZ; primeramente para poder discernir la falta; y en segundo lugar para poder corregirla.
Los pecados de impureza, aún siendo graves, no son de lo peor que nos podría ocurrir. Una sociedad corrompida en sus costumbres, ciertamente esta destinada a su ocaso. Pero este ocaso no viene propiciado por el cúmulo de pecados carnales en que esta incurre y se revuelca: viene propiciado porque ha pecado precisamente contra la Luz. Y esta Luz no esta otra que la Fé de nuestra Santa Iglesia Católica.
En efecto, este y otros desórdenes que tan acertadamente viene a denunciar este blog, con el sujestivo nombre de "El Ocaso de Occidente", son ocasionados en gran medida por la irremisible pérdida de la Fé católica, en lo que no hace tanto tiempo era la catolicísima España.
Los pecados contra la Fé, producen oscuridad espiritual; y una vez sumergidos en esta oscuridad espiritual nos es imposible discernir lo correcto de lo incorrecto; lo moral de lo inmoral.
Es por esto, que hasta que no volvamos de nuevo a la única y verdadera Fé, (cosa que veo posible pero no probable)seguiremos dando tumbos y sobresaltos de error en horror; y así hasta que se consuma por inanición, este ocaso de nuestro occidente.
Fué ciertamente el cristianismo la base fundacional de esto que hoy llamos "Occidente". Es lógico que sea la apostasía precisamente del cristianismo lo que propicie su consumación como civilización y como sociedad.
Tremenda trajedia con la que nos encontramos en nuestros días: una sociedad enferma de muerte, pero incapaz de reconocerse enferma; una sociedad cegada y que camina hacia el abismo; una sociedad que renuncia al bálsamo sanador y curativo de los valores cristiano-católicos que fueron precisamente los que le dieron vida como sociedad y como civilizador universal.
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