Era un domingo del mes de enero y, tras veinticuatro días de navegación, nos hallábamos en pleno Oceáno Indico camino del Golfo Pérsico. La vida a bordo transcurría con la misma monotonía que el resto de la semana sin que, en apariencia, se notase la más mínima alteración en el ordenado trabajo de la tripulación, establecido internacionalmente al régimen de cuatro horas de guardia y ocho de descanso.
No obstante, a mediodía de aquel caluroso día de verano austral, reparo en la inusual indumentaria de Manolo, el timonel, quien observo viste un pantalón verdoso con la raya como un cuchillo, camisa a cuadros en perfecta combinación, y zapatos de rejilla, color marrón. Al preguntarle por el motivo de su atuendo tan elegante me dio una respuesta a la gallega, o sea me contestó con otra pregunta : E logo, ¿hoxe non é domingo ? Comprendí inmediatamente, por innecesaria, lo inoportuna de mi interpelación. Marín, como así le llamábamos a bordo en referencia a la localidad de su residencia, era hombre de pocas palabras y por ello, y sin más comentario, continuó atento a la giroscópica y gobernando al rumbo 032 en demanda de las Islas Comores por cuyas proximidades habíamos de pasar en un par de singladuras más.
Desde aquí, y con este recuerdo, pido disculpas a Manolo Marín quien, despojándose de la ropa habitual de faena, quería hacer del Domingo un día diferente al de los otros de la semana con independencia de que, y como la soledad del mar nos enseña, en la intimidad del camarote cumpla cada uno, según sus convicciones, con las normas que su conciencia le dicte.
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