lunes, 24 de agosto de 2009

CARTA ABIERTA A LA DIRECTORA DEL COLEGIO "LA GRANDE OBRA DE ATOCHA" DE LA CORUÑA

Distinguida Señorita:

Viajando en tren hacia París con dos de mis hijos en los primeros días del presente mes, he tenido la oportunidad de mantener una interesante conversación con una joven universitaria estadounidense que regresaba a su país después de haber perigrinado a Compostela desde Roncesvalles. Ocupaba asiento a nuestro lado y he podido observar como, totalmente absorta y con rápida y apretada letra, rellenaba páginas y páginas de su cuaderno de notas. De su mochila pendían unas desgastadas zapatillas que hablaban por sí solas de las duras jornadas efectuadas. Meditando sobre los motivos que la habrían animado a realizar tan larguísimo viaje desde San Francisco a Pamplona y, acto seguido, caminar durante treinta y dos días los más de ochocientos kilómetros de la Ruta Jacobea, no pude resistir la tentación de preguntarle, aun a costa de interrumpir su concentrada tarea, si al fin había encontrado lo que buscaba. Su respuesta afirmativa e inmediata y la alegría interior que reflejaba su rostro, parecían ser la consecuencia de haber hallado algo deseado con afán durante mucho tiempo. E imagino que sería comparable a la que hace dos mil años sintieron aquellos magos después de ver de nuevo la estrella que les precedía (Mt 2,11); la de los pescadores que, prestos, abandonaron redes y barcas a orillas del mar de Galilea (Mc 1,16-19); la del recaudador de impuestos que, igualmente, ante la llamada imperativa, no vaciló en levantarse y seguir a quien le invocaba (Mt 9,9) ; y a la de tantos y tantos que, a lo largo de los siglos, habían de seguirle desde una vida consagrada o desde las diferentes labores en las múltiples parcelas de su viña. Porque, en efecto, en el sentir deseos de buscarle, en encontrarle y en el seguirle está el secreto de la felicidad en esta vida y en la otra. Y esto, estoy seguro, es lo que reflejaba el rostro sonriente de aquella joven de gruesa trenza rubia, cuidadas manos y escuetas sandalias en unos bellísimos pies cual corresponden a los del mensajero que anuncia la paz (Is 52,7). Admirable, sin duda, y máxime en estos días, la determinación de esta mujer que no vaciló en emplear gran parte de las vacaciones estivales, y es seguro que también de sus ahorros, en acudir a la llamada, para ella irresistible, dejando tras de sí lo que ahora ya eran baratijas, al igual que lo hiciera el ciego Bartimeo (Mc 10,46-52).
La anterior anécdota me hizo recordar a otras dos vividas durante el curso escolar, el pasado mes de mayo, y que me produjeron profunda impresión. La primera de ellas tuvo lugar en mi casa mientras escuchaba a mi hijo pequeño, de cinco años, que ensimismado con sus juguetes, cantaba los primeros versos de la Salve Rociera. Tal detalle, resultado inmediato de la acertada costumbre de la dirección de ese centro, de disponer la Visita de los más pequeños antes del inicio de la jornada matinal, saludando al Señor con sus voces infantiles, me llevó a la consideración de que, ya solamente éso, justifica cualquier esfuerzo y sacrificio para escolarizar a los niños en ese centro. Lo demás, como asegura el Evangelio, vendrá por añadidura. Soy padre de seis hijos, ex-alumnos y alumnos de ese colegio y me encuentro plenamente satisfecho de la formación que en el mismo reciben al tiempo que le agradezco sinceramente el haberles acogido en sus aulas.
La segunda, de la que me informó mi hija, entonces en 2º curso de ESO, había tenido lugar por aquellas mismas fechas durante el transcurso de la clase de religión. Habiéndose suscitado el tema del aborto, la profesora preguntó a los alumnos el parecer de cada uno y, de un total de veintidós, salvo dos honrosas excepciones entre las cuales se encontraba mi hija, todos aseguraron estar de acuerdo con el proyecto de ley que permitirá la interrupción violenta del embarazo durante las catorce primeras semanas. Es cierto que algunos de los chicos habrán respondido sin previa reflexión y, hasta me atrevo a asegurar que temerariamente, con evidente falta de información sobre tan gravísima cuestión. Pero, no obstante, su respuesta habrá sido consecuencia de la elevada presión del mundo a la que no consiguen anular las normas de piedad que ustedes, siguiendo el mandato del Fundador de esa Institución, tratan de infundir en los alumnos desde los primeros años de su infancia. Considero la ingente labor de esa comunidad y de los sacerdotes colaboradores en la formación de los jóvenes en contra de la corriente ejercida por la clase política y los medios de comunicación, en especial el cine y la televisión. Pero también estoy seguro de que sabrán encontrar el arma poderosa que en buena parte atenúe los efectos nocivos de esta sociedad atormentada.
De mis primeros años de existencia guardo el recuerdo de mi tía-abuela Antonia, la que todas las noches, después de acostarme, arrodillada a la cabecera de la cama, rezaba las tres avemarías y a continuación recitaba una preciosa oración a la Virgen, inculcándome así, con santa perseverancia, una costumbre que jamás dejé de practicar y que constituyó el sólido fundamento de la fe que poseo y en la que siempre he vivido. Es justo haga aquí memoria de aquella piadosa mujer junto a cuyos restos deseo depositen algún día mis pobres despojos a la espera de la feliz resurrección.
Considero por ello la eficaz influencia de la familia en la educación de los jóvenes pero estoy, no obstante, absolutamente convencido de que a esta sociedad solamente la han de cambiar las mujeres por su papel de educadoras que en ella juegan. Y hasta tal punto es así que podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que hoy en dia los valores morales de los que tanto hablamos y tanto echamos de menos, son los principios y valores de nuestras jóvenes y mujeres. Tan degradada estará la sociedad como lo estén las mujeres que la integran, y no habrá reforma ni mejora posible en tanto que aquéllas no sean educadas en los cánones que hoy consideramos obsoletos.
La mujer es quien tiene que educar al varón y darse a valer y respetar ante él. Los crímenes casi continuos y de los que, precisamente, son víctimas las mujeres, tienen en su mayoría una elevada carga pasional y, en gran parte, podrían haberse evitado si las jóvenes hubiesen recibido otra formacion. Son éllas las que tienen que parar los pies y no dar tantas facilidades, cuando no provocar abierta o descaradamente, a los hombres. Éllas son la parte más vulnerable, la más delicada, y por tanto la que precisa de mayor autoproteccion, y esto se consigue inculcándole desde la infancia el concepto de su alta dignidad y de la trascencendencia de sus actos.
La semilla de la buena doctrina que ustedes siembran en el corazón de los niños cuyos padres les confiamos para su formación, es forzoso que germine y dé fruto en su momento salvo que la falta de colaboración familiar, o la desidia, permitan que sea pasto de las aves rapaces o se malogre, ahogada, entre las espinas de la maleza.

Muy cordialmente le saluda,
J.M. Tenreiro

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido José Miguel: Te felicito por tu atinado y magnífico artículo, tanto por su construcción cuanto por el mensaje que en él transmites.
El mundo está falto, cada vez más, de buenos, alentadores y cristianos mensajes que estimulen en la persona lo mejor que haya en ella. Y ése es, precisamente, el meollo de tu artículo.
Un canto a la vida, del cuerpo y del espíritu, pues somos, a la postre, una unidad indisoluble de alma y cuerpo y viceversa.
El antropocentrismo exacerbado imperante que nos lleva a olvidarnos del Creador, Dios, deriva en todas estas corrientes abortistas y, en definitiva, llenas de desprecio a la dignidad de la persona.
Desde el desprecio por el "nasciturus" hasta el eufemismo de la "muerte digna", o sea eutanasia; todo es una concatenación de despropósitos y deshumanización, solo neutralizable por el enaltecimiento de la Fe, la Esperanza y la Caridad que no equivale, necesariamente, a la tan cacareada "solidaridad".
Un cordial abrazo.

Anónimo dijo...

Es obligatorio llevar en el coche unas luces de recambio. Si usted va a emprender un viaje largo y de noche la necesidad será más evidente.
En una ocasión, hablando con mi hermano mayor del reparto de funciones en el matrimonio concluimos que es falso y cicatero hablar de 50s%. Cada uno tiene el 100%. Ambos deben de estar capacitados para asumir las responsabilidades por completo de tal manera que sumen el 200%, para que en caso de que falte uno de los cónyuges no les falte a los hijos la asistencia completa, tan importantes como son. Habrá matices, pero entrar en 50s% es meterse en recortes. Otra cosa es que, por poner un ejemplo, imagino que la educación afectivo sexual, los varones y hembras prefieran recibirla respectivamente de padre o madre. Pero a pesar de que tradicionalmente la transmisión de la educación y la cultura se han atribuido a la mujer, pienso que la educación, como el resto de responsabilidades de los padres, es cosa de dos.
En mi caso, tuve la suerte de tener una madre, maestra, que pudo dedicarse a tiempo completo a sus hijos. No sólo aprendí de ella mis primeras oraciones, sino que recibí un gran amor por el arte y la cultura y tantas otras coas...
Pero tengo un entrañable recuerdo del dedo índice de mi padre, señalando el diccionario o la enciclopedia, cada vez que a una de nuestras preguntas que él podía responder perfectamente, prefería hacernos buscar con esfuerzo hasta adquirir el hábito. También su exigencia por cumplir los horarios, el respeto a las normas establecidas...
Fue un gran defensor de la misa en latín, precisamente porque viajaba bastante, cuando algunos llevados de buena fe pero un mal entendido acercamiento a las gentes tras la reforma litúrgica del Vaticano II mezclaron algunos abusos con la misa cara al pueblo en lengua vernácula y acompañada de guitarra en lugar del clásico órgano. A él le distraían al parecerle que se perdía el sentido reverencial del Misterio.
También aprendí de él que no a todo el mundo le sirve el mismo director espiritual y que era importante buscarlo con buena formación.
Recuerdo en una ocasión comentado algo que usted entenderá muy bien: -Papá, me han dicho que no todo puedo hacerlo todo a fuerza de brazos. -Es cierto, hija, unas veces hay que aprovechar la fuerza de las olas y otras esperar que sople el viento. Y ya sabes..., si no puedes lo que quieres, ¡quiere lo que puedes! Otra vez, le pedí un imposible. Me miró con cierta tristeza a los ojos y me dijo: -No puedo. Creo que fue la mayor lección de mi vida. Para una adolescente idealista como yo, en aquel momento aquello era inconcebible. Él que tenía un temperamento más bien tranquilo, si alguna vez algo le sobrevenía algún abceso de cólera, solía resolverlo y hacer resolver a otros con lápiz y papel. Su frase era: siéntate y escribe: ordena tus ideas. En su caso no era raro que terminara en un simpático soneto, pues tenía un humor muy fino.
Tenía en gran estima el modelo que fue su propio padre. Y lo que más estimé en él fue la confianza y libertad que depositó en mí. Dispense esta pequeña disgresión que sólo pretende mostrar cómo jamás un padre puede delegar en la mujer esta importantísima labor.
Otra cuestión que comentaría es que tanto en este artículo como en de la violencia dóméstica responsabiliza a la mujer de la carga emocional y de provocar al varón. Tal vez la mujer exteriorice más los conflictos, pero no creo que ninguna desee ser objeto de violencia. Creo que cuando se llega a estos extremos lo que precede es una mala comunicación que ha desembocado en una tensa situación por ambas partes y lo que necesitarían es una mediación exterior lo suficientemente perspepicaz, delicada y competente como para no estropearlo más, lo que no sé si es fácil de hallar, si bien imagino que no imposible.