jueves, 2 de abril de 2009

EL GRITO SILENCIADO

El Gobierno prepara la reforma de la ley del aborto en la que, entre otras innovaciones, propone que las mayores de 16 años puedan interrumpir el embarazo sin necesidad de contar con la autorización de sus padres. Esta circunstancia ha provocado una fuerte polémica en amplios sectores de la sociedad y de la oposición, alguna de sus más destacadas representantes la ha calificado de aberración. Conviene advertir que la vigente ley del aborto data de 1985 y que desde entonces el Partido Popular gobernó durante dos legislaturas consecutivas, una de ellas con mayoría absoluta, sin que hayan hecho la más mínima observación a la citada ley. Por lo tanto creo que no están ahora autorizados a hacer ninguna crítica a esta reforma, salvo que sea por oportunidad política o rédito electoral.
Tampoco debemos rasgarnos las vestiduras tan precipitadamente antes de considerar que, desgraciadamente, serán escasísimos los padres que traten de persuadir a su hija menor a que siga adelante con su embarazo, una vez conocida esta situación, y no decidan acompañarla ellos mismos a una clínica abortista con la mayor celeridad.
Yo creo que la gravedad del asunto no está solamente en capacitar a las menores a que puedan decidir en un acto de tal transcendencia sino en el hecho de que tantas jóvenes, casi niñas, se queden embarazadas a consecuencia de las prácticas sexuales llevadas a cabo a tan temprana edad, resultado de las reiteradas campañas de educación sexual con reparto gratuito de preservativos, burlando muchas veces a padres y educadores, y a la masiva ingesta de píldoras antes dé y después dé. Como ya expuse en otra ocasión, parece que todo obedece a un torpe y morboso afán de querer despertar en los niños apetitos que, naturalmente, debieran permanecer dormidos algunos años más. Y por otra parte, ¿ cuál va a ser la consecuencia lógica de tanto botellón y de tantas noches de fiebre y orgía juvenil ?
No obstante, soy de la opinión de que el inocente jamás debe pagar por la culpa de terceros. Y esto también ante cualquiera de los supuestos extremos de aborto : violación, incesto, malformación, o grave peligro para la vida de la madre. Todos ellos representan solamente el 1% de los motivos alegados pero, aún en el último caso, considero que los médicos han de procurar salvar ambas vidas, -la de la madre y la del hijo- actuando con la misma diligencia como se procede, muchas veces con gran despliegue mediático, al tratar de separar a dos personas gemelas unidas por un órgano común. La víctima inocente no pude ser ejecutada, y menos en el vientre de su madre convertido en patíbulo.
En su frivolidad, muchos creen que muerto el feto se acabó el problema pero, por misterioso designio, la conciencia de haber destruído una vida humana, cualquiera que fuese el tiempo de gestación, pesa como una losa sobre la mente de las personas directamente implicadas y en especial de la madre. Y es por ello por lo que los siquiatras aseguran que a una mujer se le saca más pronto a un hijo del útero que de su cabeza.
El doctor Bernard Nathanson, judío norteamericano, después de haber efectuado miles de abortos, grabó un documental mediante la aplicación de ultrasonidos en una de las intervenciones. Horrorizado ante las imágenes, salió abjurando de su actividad y trató de buscar sosiego a su atormentada vida solicitando refugio en la siempre inevitable Iglesia Católica, donde pidió ser bautizado.
En la misma línea, múltiples manifestaciones de mujeres que interrumpieron violentamente su embarazo, coinciden en señalar que sólo hallaron la paz tras considerar a su hijo abortado como un difunto, y rogar a su Creador le acoja con sus ángeles y escuche misericordioso las súplicas que le presente por su madre desventurada; pues sólo El perdona a quienes le buscan con corazón contrito y humillado, y sólo El puede devolver la lozanía a la frente marchita. No se despreocupa y disfruta de la vida quien le niega o le ignora sino el que, con humilde fe, le busca lleno de confianza.
Y por último, unidos a los coros infantiles, cantemos por esos que no cantarán porque han apagado su voz.
Después de lo anteriormente expuesto, pienso que no es aventurado vaticinar que no tendremos paz social ni prosperidad económica mientras esta ley de muerte no sea abolida.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Es curioso ver cómo muchísimas personas son ultrasensibles a la pena de muerte (y yo también) y, sin embargo, "pasan olímpicamente" del tema del aborto, como si fuese otra cosa ajena a su "sensibilidad".
Naturalmente; en ello opera la pulsión sentimentaloide respecto a la mujer que, según esa tesis, "puede hacer con su cuerpo lo que quiera". Y, efectivamente, como tal sentimiento, ayuno de razón y de reflexión honda, no alcanza a entender que el ser que esa mujer lleva en su seno no es suyo sino algo con entidad propia e independiente. Se trata de una vida, en estado embrionario, pero vida al fín y a la postre.
Tendríamos las Cuatro Estaciones de Vivaldi, si su madre, con tales planteamiemtos, hubiese decidido abortar ?. O a Beethoven, o a Fleming y a la Penicilina descubierta por él ?.
Evidentemente, hubiesen sido víctimas de una pena de muerte, pero, para mayor escarnio (como ocurre con los abortos), sin formación de cáusa y sin abogado defensor alguno.
Los demagogos e ignorantes al uso, aunque muy sentimentaloides, al no ver más allá de sus narices, obran de tal manera que cooperan a la disfunción y desaparición de la Especie Humana (con mayúscula), de la que, en términos teológicos, su mayor y más encarnizado enemigo es "ése" que no para de enredar...Y que además de tener presencia eficiente en nuestro mundo, dispone de sus lacayos y peones de brega que, por acción o por omisión, llevan a cabo sus designios perversos. Aunque, al final, triunfarán siempre el Bien y el Amor. "No tengais miedo" que dijo Juan Pablo II.