miércoles, 21 de enero de 2009

EDUCACION SEXUAL

La actual campaña para fomentar el uso del preservativo entre los jóvenes para reducir, según dicen, el número de embarazos no deseados,y teniendo en cuenta, además, la creciente disminución de la edad en la que los adolescentes tienen su primera relación sexual, ha de llevarnos a los padres y educadores a efectuar algunas reflexiones tanto sobre la citada campaña como sobre la educación sexual de los jóvenes.
La preocupación, casi obsesiva, desde hace varios años por la educación sexual de los jóvenes a fin de evitar embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual, ha tenido hasta ahora unos resultados bien distintos a los que se perseguían, pues tanto unos como otros no han dejado de aumentar. Se comprueba como, efectivamente, se registran más embarazos en adolescentes consecuencia de las cada vez más tempranas relaciones sexuales. Y a todo ello hay que añadir el drama personal y familiar que tal circunstancia significa si, al final, se decide abortar.
La vida diaria nos demuestra que no estamos en el recto camino y que los conocimientos teóricos no surten el efecto beneficioso que se buscaba. Hoy en día los niños de diez años han recibido tantas lecciones de anatomía genital que asombrarían al mismo Rembrandt. No se tiene en cuenta que a más conocimientos teóricos, más curiosidad por llevarlos a la práctica. Da la impresión de que nos hallamos ante un torpe y morboso afán de querer despertar en los niños apetitos que, naturalmente, debieran permanecer dormidos algunos años más.
Por todo lo anterior pienso que la adolescencia y, sobre todo, la infancia debieran gozar de una especial protección que les permitiese disfrutar de la niñez y no les despojase de una inocencia en la que, naturalmente, debieran vivir más años hasta que el paso del tiempo les fuese gradualmente despertando, siendo ahí, en la adolescencia, en donde cabe el inicio de la educación afectivo sexual. Derecho a la infancia del que también son cotitulares los padres en tanto y en cuanto tienen la facultad exclusiva a disfrutar de la inocencia y el candor de sus hijos pequeños.
En vez de estimular morbosamente la promiscuidad en los jóvenes mejor sería una adecuada formación en valores y en virtudes morales, tales como la castidad, a la que algún autor ha definido como la capacidad de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo de la persona. Virtud que, además, no es la negación de la sexualidad sino la mejor de las preparaciones para la vida conyugal. Por el contrario, la lujuria lleva consigo una fuerte carga de egoísmo, y sitúa a las personas en posiciones cercanas a la violencia y a la crueldad, como a menudo comprobamos.
La castidad templa el carácter y hace más atractivas a las personas que viven esta virtud, por el dominio de sí mismo que comporta. Exige la guarda de los sentidos, en especial de la vista, y también de la imaginación. Pero desgraciadamente, hoy en día, no educamos a los jóvenes en esta disciplina sino en lo que conlleve sexo y violencia, considerando aquélla como una cursilada. Como en la fábula de la zorra y las uvas, es natural menospreciar lo que uno no es capaz de conseguir.
Los niños y adolescentes tienen derecho a una vida feliz y sin complicaciones de mayores. Primero los matamos sin nacer, y a los supervivientes les robamos la niñez. No es de extrañar que seamos especialmente odiados por los integrantes de otras civilizaciones donde se respeta a los no nacidos y se venera a la ancianidad.
Pero es la hora de los gusanos; la de los que todo lo babosean, todo lo adulteran, todo lo manchan, todo lo profanan.