martes, 25 de noviembre de 2008

VIOLENCIA JUVENIL



Hace unos días ha sido asesinada en Ripollet, Barcelona, una joven de 14 años. Su cadáver apareció degollado en un descampado próximo a su domicilio y presentaba, además, múltiples cuchilladas en su cuerpo y el rostro totalmente desfigurado tras haber sido golpeado con una barra de hierro. Dos menores, compañeros de clase han sido detenidos como presuntos autores del crimen, cuyo móvil ha sido, al parecer, un desencuentro amoroso.
La Fiscalía informa que durante el pasado año se registraron 189 delitos de sangre cometidos por menores, 46 de ellos en Galicia. Pero, además, chicos de entre 14 y 17 años protagonizaron 16.997 delitos de lesiones y cerca de 5.000 casos de violencia doméstica y de género.
Las cifras anteriores, siempre in crescendo, la violencia y la extrema crueldad mostrada por los autores, unidas al desprecio más absoluto hacia la vida o dignidad de las personas, nos llevan a instar a que por autoridades, criminólogos y educadores se lleve a cabo un análisis en profundidad para evitar que estos hechos se sigan repitiendo.
Los ciudadanos solemos achacar estos casos de violencia a la crisis de valores en nuestra sociedad, aunque sin poder precisar de qué principios o valores adolecen nuestros jóvenes y quién se los puede inculcar. De todos modos, sí podemos afirmar que la falta de conciencia moral es tónica general en estos jóvenes.
Los criminalistas italianos del siglo XIX aseguraban que la ausencia de conocimientos religiosos y la insensibilidad reactiva a sentimientos de esta índole era una característica social y sicológica común a la mayoría de los delincuentes. A lo largo de los siglos, pensadores y filósofos han insistido en la necesidad de la formación religiosa como fundamento de la sociedad. Personajes como Platón y Jenofonte, pasando por Plutarco, Rousseau o Voltaire llegaron a conclusiones tales como que es más fácil fundar una ciudad en el aire, que constituir una sociedad sin principios religiosos, o allí donde hay una sociedad, la religión es de todo punto necesaria.
Pienso que en estos tiempos de laicismo puro y duro hablar de formación moral y religiosa para prevenir la delincuencia juvenil resulta poco menos que ocioso.
Pero a la vista de lo anterior no es aventurado asegurar que mientras no llevemos a nuestros niños al catecismo - ¡o a la mezquita! -, no haya más autoridad en las familias, más disciplina en los colegios, y no se cambien para nada las programaciones del cine y la televisión con respecto al sexo y la violencia, será materialmente imposible poner remedio a la actual situación.
(14 Noviembre 2008)